La resurrección de Gerda Taro
Seguramente en lo último que creÃa Gerda Taro era en la resurrección de la carne. Pero lo que le va a ocurrir a ella misma el miércoles es lo más parecido a una resurrección laica. El Centro Internacional de FotografÃa de Nueva York va a inaugurar una exposición de sus fotografÃas de la guerra civil española, las primeras que ninguna mujer tomó nunca en un campo de batalla. El mundo conoció la mayorÃa de ellas veladas por un ilustre nombre falso: el de Robert Capa.
Gerda Taro nació en 1910 en la ciudad alemana de Stuttgart. No era el mejor momento para nacer ahÃ, siendo de familia polaca y judÃa. Entonces todo el mundo aún la llamaba por el nombre que ponÃa en su partida de nacimiento, Gerda Pohorylle. En 1933 fue detenida por actividades y protestas contra los nazis, algo que en aquel momento y en aquella época la llevó en lÃnea recta hacia el comunismo. Pero este no lo vio de cerca, de momento, porque tan pronto pudo, emigró a ParÃs.
Amantes y socios
Allà conoció a otro judÃo del Este como ella, un húngaro que se llamaba André Friedmann, y que era fotógrafo. Él y Gerda se hicieron amantes primero, y socios después. Empezaron a hacer fotos juntos y a venderlas juntos, tan juntos que las firmaban todas con el mismo nombre: el de Robert Capa. Se suponÃa que Robert Capa era un fotoperiodista americano. En realidad era el pseudónimo que se puso André Friedmann para despegarse del oscuro pelotón eslavo que pululaba por ParÃs, y adornar su trabajo con algún incentivo comercial. Eran los tiempos de la bohemia cosmopolita parisina, con el verdadero fotógrafo americano Man Ray persiguiendo a Kiki de Montparnasse, antes de conocer a Lee Miller.
Mientras su compañero se rebautizaba Robert Capa, Gerda Pohorylle se rebautizó Gerda Taro. Lo eligió en honor de un artista japonés que entonces también estaba en ParÃs y de moda, Taro Okamoto. También tenÃa en mente a la actriz Greta Garbo, como André Friedmann pensaba, parece, en el director de cine norteamericano Frank Capra.
AsÃ, compartiendo cama, cámara y macarrones, se fueron Robert Capa y Gerda Taro a Barcelona en julio de 1936, nada más estallar la guerra civil española. Él fue y volvió a ParÃs dos veces, pero la segunda, ella ya se quedó en España, donde encontrarÃa la muerte el verano de 1937, en Brunete. Un tanque embistió el coche en el que ella iba montada, cuando se retiraba con los republicanos. Murió al dÃa siguiente. Fue enterrada en ParÃs el 1 de agosto, dÃa en que habrÃa cumplido 27 años. Los poetas Pablo Neruda y Louis Aragon asistieron a su funeral. Alberto Giacometti esculpió su tumba. Entonces fue honrada como una mártir antifascista que habÃa muerto maravillosamente joven, en la flor de la acción y de los ideales.
Con el tiempo, en cambio, su abrupto fin y su consolidación como heroÃna comunista se le volvieron en contra. Su trabajo empezó confundiéndose con el de su pareja y acabó perdiéndose en él. Robert Capa alcanzó la fama mundial y ella cayó en un olvido del que ahora la rescata el Centro Internacional de FotografÃa de Nueva York.
Al margen de la carga mÃtica que aún conserva su trabajo por ser el primer fotoperiodismo de guerra que es obra de una mujer, el papel de Gerda Taro se considera crucial para entender qué es y cómo se construye el imaginario visual de una guerra. Más aún que Robert Capa, sus fotos eran buscadas y posadas. Deliberadamente ideológicas. PropagandÃsticas. No pretenden retratar tanto, o no sólo, lo que ven, como lo que quieren ver. Lo que esperan ver en una guerra a la que se va con partido claramente tomado.
AsÃ, Gerda Taro fotografió a milicianas republicanas entrenándose en las playas de Barcelona e inmortalizó iconos populares y sencillos de la resistencia en Valencia y en Córdoba. Tras un breve paso por Madrid, se fue a Brunete para «demostrar» que el bando republicano persistÃa en su defensa, aunque el bando franquista asegurara lo contrario. Significativamente, murió durante la retirada. Por primera vez podrán apreciarse sus fotos desapasionadamente: sin sobrecargas de heroÃsmo ni de estigmatización. Y sin la sombra de Robert Capa.
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