El fotógrafo Robert Frank, de turista por Madrid
Robert Frank (Zúrich, 1924) acaba de recibir el Premio PhotoEspaña 2007, el año en que este certamen cumple su décimo aniversario. Pero él tiene ochenta y dos años y se resiente de que ya no tiene el mismo interés por la fotografÃa como cuando afrontó su serie más conocida y más revolucionaria, «Americans», o dio el salto al cine independiente, cuyos primeros pasos corren a cuenta de él y de otros nombres ya clásicos como John Cassavetes. No le gusta la palabra pionero, ni siquiera que se le coloque dentro de los lÃmites de la edad de oro de la fotografÃa norteamericana junto a Diane Arbus, Walker Evans o Richard Avedon, entre otros, quien en el año 1975 le hizo un retrato con una gorra en la mano.
Hoy también se presenta con una gorra en la mano. Genio y figura. Aquellos eran tiempos gloriosos para la creación -«la originalidad primaba ante todo», recuerda-, pero de crisis y de respuestas rápidas, de las que cogen la carretera y no paran hasta que se acaba la gasolina, que su cámara supo captar sin complejo alguno y con una innovadora velocidad de reflejos. «La intuición, el olfato fueron las claves y estas capacidades se van perdiendo con los años. Por eso no podrÃa volver a hacer una serie como «Americans» en estos momentos. «No me interesa. No trabajo mucho. No quiero repetir lo que ya he hecho», apunta.
Pero en el fondo, sigue al pie del cañón, pues ha venido hasta Madrid con una pequeña cámara guardada en su bolsillo: un modelo ruso, cuya marca no responde a nombre conocido ni por conocer, de una primitiva sobriedad, ya casi olvidada, que no atiende ni quiere atender al santo y seña de los pÃxeles y otras zarandajas técnicas. Ni siquiera es una de esas polaroid con las que él tanto ha experimentado: se aprieta el botón y se ven los resultados al instante, tal vez para que la intuición no se le escape ni una décima de segundo.
Esta rudimentaria cámara es una carta de presentación que no duda en mostrar con cierto orgullo cuando la charla. Se relaja y le pregunto por la actual democratización de la fotografÃa. Es decir, por ese turista-artista que todos llevamos dentro desde que se inventaron las cámaras digitales y los teléfonos móviles. «Nunca he utilizado cámaras digitales ni nada que se le parezca -apunta-. Me paseo con este modelo casi primitivo por Madrid durante estos dÃas y retrato la arquitectura, la maravillosa luz de esta ciudad».
También recuerda que no es su primera estancia en España: «En los años cincuenta estuve en Valencia y viajé de Barcelona a Sevilla. Aquellas fotos nunca han visto la luz. La gente en aquella época no tenÃa mucho interés en verlas». ¿Y nunca las va a enseñar?: «Quizá, pero no sé. Alguien podrÃa publicar un libro el año que viene». Estas palabras finales suenan a deseo o sueño imposible. Ahà quedan: en el aire.
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